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23 de junio de 2015, había ganas de hacer una salida furgonetera en familia; pero teníamos que tener en cuenta al pequeño de la casa a la hora de elegir destino, ya que antes se mareaba bastante y además tenía que ser un lugar en el que él también pudiera disfrutar. Así que tenía que ser algo cerca de casa y que guste a los niños… ¿qué tal animales? Pues una vez realizada la ecuación el resultado parecía evidente: Santander para el primer día, con su Parque Marino de La Magdalena y la ermita de La Virgen del Mar con su playa, para el segundo. ¡Vamos allá!

Desde donde vivimos hasta la capital de Cantabria el viaje lleva poco más de una hora, aunque con un peque en la familia… los tiempos de viaje se duplican en ocasiones. Si mal no recuerdo, aparcamos en el parking de la Playa Camello, justo a la entrada de la península de La Magdalena; aunque por los alrededores del Sardinero también vimos muchas plazas libres para aparcar. Una vez dentro del famoso recinto, iniciamos el recorrido con la visita del parque marino, donde disfrutamos de la compañía de unos vergonzosos pingüinos, focas y leones marinos. A continuación y en el sentido de las agujas del reloj, caminamos por el Muelle de las Carabelas, donde tal y como su nombre lo indica encontramos 3 carabelas y una balsa de origen ecuatoriano. A pocos metros con semejanza a un platillo espacial, se encuentra también una burbuja de salvamento. Merece la pena leer los carteles de este “Museo El Hombre y La Mar”, que nos hablan de diferentes travesías oceánicas de investigación.

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Un poco de historia del recinto.

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Santander desde el parque marino.

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Disfrutando de la fauna marina.

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Los pingüinos se hacen de rogar.

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Los pingüinos con más detalle.

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Estos se dejan ver con más facilidad.

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Llegamos al Muelle de las Carabelas.

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La balsa.

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Otra perspectiva de las carabelas.

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Interesante leer la historia de los viajes de investigación.

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Burbuja de salvamento.

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La balsa desde otra perspectiva.

Pero prosigamos con nuestro paseo. Con vistas a la isla de Mouro, el camino nos lleva hasta el Palacio de La Magdalena. Esta obra de estilo ecléctico, fue un regalo de la ciudad al Rey Alfonso XIII, construida entre los años 1909 y 1911. Tras las fotos de rigor continuamos rodeando la península para bajar hasta la playa de “Bikinis”, curioso nombre, aunque parece que le va bien…

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Isla de Mouro.

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Palacio de La Magdalena.

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Playa Bikinis.

A continuación nos encontramos con una amplia zona de juego y esparcimiento, donde decidimos parar a comer algo y ya de paso, que el peque pudiera disfrutar con los juegos.

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Zona de juego.

Tras tomar un café, tomamos la pasarela de madera que atraviesa la Playa de Los Peligros, para seguir la línea de la costa, que resultó ser la guía perfecta hacia la Avenida de Severiano Ballesteros. Al final de esta calle encontramos edificios tan imponentes como el Palacio de Festivales de Cantabria y el planetario, junto a la Escuela Técnica Superior de Naútica. Aquí se inicia lo que podríamos considerar como el “paseo marítimo”, impregnado de cultura, con esculturas como el Monumento a José Hierro que juega con las dimensiones, o los Raqueros, curiosos personajes del siglo XIX que tiraban sus cabezas al agua en busca de pequeña fortuna. La Grúa de Piedra era el siguiente punto de parada imprescindible, testigo del pasado. Y desde este punto atravesamos los Jardines de Pereda en busca de la Catedral de Santander. Dedicada a Ntra. Sñra. de la Asunción, es principalmente de estilo gótico y fue construida entre los siglos XII y XIV. De allí, a través de las calles Calvo Sotelo e Isabel II nos acercamos al mercado, punto de encuentro de cualquier ciudad y con los mejores productos de la tierra al alcance de la mano; una visita obligada.

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Pasarela sobre la Playa de Los Peligros.

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Palacio de los festivales.

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Trabajos de altura.

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Planetario.

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Practicando vela cerca del paseo.

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Monumento a José Hierro.

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Los Raqueros.

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La Grúa de Piedra.

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Jardines de Pereda.

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Catedral.

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Productos de la tierra en el mercado.

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Mercado.

Hasta aquí las piernas ya tenían una buena caminata encima, así que después cogeríamos el transporte público para regresar al parking donde habíamos dejado la furgoneta; y desde allí, rumbo a la ermita de La Virgen del Mar, al noroeste de Santander.

Saliendo de la ciudad por la S-20, la abandonamos para unirnos a la CA-231 y después siempre hacia el norte, en la tercera rotonda se toma la salida de la Avenida Virgen del Mar y continuamos hasta el final, donde se encuentra el gran aparcamiento que precede a la playa y la ermita. En el aparcamiento hay un chiringuito y una taberna acogedora, donde además hay raciones para poder comer o cenar. Son pocas las plazas que hay con el suelo nivelado para poder dormir cómodos, aunque cerca hay un camping si no nos la queremos jugar.

Así pues, lo que quedaba de día lo pasamos visitando la ermita que se encuentra en la isla; un puente hace de único lazo de unión con la costa cuando sube la marea. El santuario muestra en su decoración una clara dedicación a la protección de la gente que vive del mar; con remos, redes y salvavidas en sus paredes. A continuación ascendimos a los cortados que hay tras la misma, abruptos, con unas panorámicas imponentes sobre la mar. Un lugar para la meditación. Según iba cayendo la tarde, los colores del cielo se tornaron rojizos; volvimos entonces a la furgoneta y después de sacar unas buenas fotos nos situamos en el punto más bajo del aparcamiento en busca de la llanura y protección del viento. Y qué os voy a decir de la noche… siempre que se duerme en un aparcamiento nos la jugamos a que aparezca algún gracioso haciendo trompos o cualquier otra tontería… o como fue nuestro caso, una pareja que estuvo discutiendo acaloradamente gran parte de la noche. Pero bueno, al final todo termina quedando en anécdota. También es cierto que antes de este aparcamiento hay otro que posiblemente sea bastante más tranquilo.

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Un puente hace de lazo de unión.

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La taberna y la playa en bajamar.

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La otra mitad de la playa.

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Ermita de La Virgen del Mar.

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La decoración delata la protección asignada a la Virgen.

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Panorámica de la ermita.

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Camino a los cortados.

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Abrupta costa.

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La tarde cae.

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El sol se esconde.

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El día siguiente lo aprovechamos disfrutando de la playa, ¿a qué niño no le gusta hacer castillos de arena y buscar cangrejos? Y también nos dimos un paseo por un parque con zona de juego que hay antes de llegar al aparcamiento de la playa. Por la tarde ya tocó el regreso a casa. Resumiendo, un buen plan para hacer en familia.

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Mapa del parque junto al aparcamiento.

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Panorámica en pleamar.

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